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3 lugares misteriosos cuyos secretos la ciencia aún no ha sido capaz de explicar

Cada rincón del planeta tiene sus propios misterios sin resolver, a veces porque el enigma resulta rentable (las caras de Bélmez), a veces porque aún no ha pasado el tiempo suficiente como para proporcionar una respuesta razonable (la epidemia de sueño de Kalachi, en Kazajistán). No cabe duda de que se trata de curiosos reclamos turísticos y de sugerentes historias que hacen que medios de comunicación, científicos y aficionados a la especulación se devanen los sesos. A continuación presentamos tres lugares cuyas particularidades aparentemente sobrenaturales aún no han podido ser explicadas.

 

La Caldera del Diablo de Minnesota

A unos kilómetros de la frontera entre Estados Unidos y Canadá, el río Brule se acerca peligrosamente al lago Superior. Allí el curso del río se divide en dos al caer por una cascada. La mitad de dicha corriente se dirige al lago, mientras que la otra mitad cae en un agujero… Y desaparece por completo. Nadie ha sido capaz de descubrir dónde conduce exactamente ese hueco por el que cae la mitad del río Brule, aunque las hipótesis son incontables. Puede tratarse de un río subterráneo, puede desembocar por otro conducto en el lago, puede atravesar un portal interdimensional y acabar en el retrete de tu casa… Pero ninguna de las pelotas de ping-pong o tinturas que se han arrojado por dicho conducto han vuelto a ser recuperadas. Y ello a pesar de que la cantidad de agua que cae por el agujero cada minuto no es precisamente pequeña, como explica un artículo publicado en Mother Nature Network.

Aunque lo primero que se nos pase por la cabeza es pensar en un río subterráneo, los expertos recuerdan que este es un fenómeno muy poco común y que se produce cuando el suelo es de piedra caliza, pero la roca que rodea el Brule es mucho más dura. Ni siquiera la tesis de una supuesta falla creada por los movimientos tectónicos y que decantase el agua hacia el lago resulta muy creíble, puesto que tarde o temprano la ruta se habría colapsado por el detrito arrastrado gracias a la erosión. Y, aun así, está tendría que haber sido lo suficientemente amplia como para dar cabida a dicho caudal.

Una teoría alternativa es la que sugiere que el agua se filtra a un conducto de lava que podría haberse formado hace millones de años, aunque hay dos detalles que ponen en duda dicha teoría: estos tubos nuncan se forma en riolita, la roca ígnea que se encuentra en la zona, y el basalto, el único material que podría haber dado lugar a dichos conductos, se encuentra muy por debajo de la superficie.

En definitiva, nadie sabe dónde vas a parar si te metes por la Caldera del Diablo, aunque mejor no probarlo. Probablemente no darás con tus huesos en una dimensión paralela, pero si nadie ha sido capaz de encontrar unas pelotas de ping pong, tú no tienes por qué ser una excepción.

Las luces de Hessdalen

Basta con una somera búsqueda en Google para descubrir que la mayor parte de referencias a estas luces que pueden verse en el cielo del Valle de Hessdalen, en Noruega, se encuentran relacionadas con el fenómeno ovni. Desde que en 1981 se avistasen por primera vez, la centena y media de habitantes del valle han visto regularmente cómo unas peculiares luces se extendían en el cielo nocturno, especialmente visibles si se colocaban en la ladera norte. Solían tener una tonalidad blanca o amarilla, adoptaban formas variadas y su aparición era más frecuente durante el invierno.

En 1998 se instaló una estación para investigar el fenómeno, pero el análisis de los datos proporcionados por cámaras infrarrojas, sismógrafos y un contador Geiger no permitió llegar a ninguna conclusión. Un grupo de investigadores liderado por el doctor Massimo Teodorani llegó a la conclusión que este efecto luminoso estaba ocasionado por el plasma térmico, aunque otros como Matteo Leone han desmentido dicha teoría y han afirmado que se trata simplemente del reflejo de la luz de los faros de un coche o de los focos de aterrizaje de un avión. Por otra parte, la composición del valle, rico en zinc y plata, ha llevado a que tres profesores de la Universidad de Bolonia definan la zona como “una batería perfecta” y entienda que las luces, por lo tanto, sean el resultado de la tensión eléctrica.

Más espeluznante resulta la hipótesis aportada por otro estudio publicado en el Journal of Atmospheric and Solar-Terrestrial Physics, que señala que el valle es una zona altamente radioactiva y que las luces se deben a la interacción del radón, un gas radioactivo sin color ni olor, con los gases de la atmósfera. Visto así, los habitantes de la zona probablemente se conformen con unos simpáticos visitantes alienígenas aficionados al Circo del Sol.

Los círculos de hadas en la reserva de Namib Naukluft en Namibia. (Corbis)
© Externa Los círculos de hadas en la reserva de Namib Naukluft en Namibia. (Corbis)

Los anillos de hadas de Namibia

Si a uno le da por caminar entre la hierba de las llanuras de Namibia, lejos de la civilización, se topará con zonas de mediano tamaño (de 3 a 18 metros) donde la vegetación desaparece por completo. Estos círculos, conocidos también como “anillos de hadas” o “huellas de los dioses”, se cuentan por miles, y nadie ha sido capaz de explicar su origen. Los anillos son siempre circulares, nunca se superponen, y además, suelen guardar una respetuosa distancia entre sí.

Algunas teorías sugieren que pueden deberse a la acción de hongos que devastan de forma muy geométrica el suelo de la llanura. Otras, como la del biólogo de la Universidad de Hamburgo Norbert Juergens, que son causadas por la acción de las termitas, una hipótesis desmentida poco después por un artículo publicado por el doctor Walter R. Tschinkel en Plos One, que señalaba que no había sido capaz de encontrar ninguna explicación razonable, pero que desde luego no se debía a las termitas, puesto que no había hallado ni una al cavar en dichos círculos.

Eso sí, Tschinkel fue capaz de encontrar unos cuantos datos adicionales que más que resolver el misterio contribuyen a acrecentarlo: estos círculos siguen un ciclo vital que hace que aparezcan y desaparezcan sin motivo aparente, y cuya duración, de entre 24 y 75 años, depende del tamaño del círculo; alcanzan rápidamente su tamaño final y paulatinamente son recolonizados por la vegetación circundante; y además se forman en terrenos arenosos en los que hay pocas piedras, y jamás sobre dunas. Nuevos descubrimientos que no impidieron al científico reconocer que es probable que nunca seamos capaces de resolver dicho enigma.

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