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El hombre sin pasado.

 Imagina que un día te despiertas por la mañana sin saber quién eres. Imagina que un día pierdes todos los recuerdos que se almacenan en tu memoria y no reconoces nada ni nadie de tu familia o entorno. ¿Cómo afrontarías el porvenir? ¿Tratarías de rehacer tu pasado para encauzar tu futuro o romperías con los recuerdos impuestos por unos desconocidos?

Este es el problema vital que afronta David Fitzpatrick, un joven inglés que perdió en 2005 la memoria por ‘fuga disociativa y está luchando ahora por construir un futuro obviando su pasado.

Lo que sigue es una relato en primera persona basado en hechos reales y consumados de una historia impresionante por lo insólito de su argumento. Un desafío a la memoria y al tiempo de un joven de 25 años que lucha por encontrase a si mismo sin depender de unos recuerdos que no reconoce. La historia comienza el 4 de diciembre de 2005 en un tren. Aquella tarde David sufriría una de las más raras formas de pérdida de memoria que se recuerdan en la historia de la medicina:

La historia.

.

[...] Parece que hay gente. ¿Dónde estoy? Me duele mucho la cabeza. No entiendo esta amargura. Estoy muy desorientado y me siento a morir. ¡Quiero vomitar! Necesito ayuda inmediata [...]

[...] Alguien me acaricia. Todos me preguntan. Ahora entro en calor. Parece que he tenido algún percance o accidente. Mucha gente me mira y tengo pánico. No veo sangre. ¿Es grave? me pregunto ¿Qué me pasa? Estoy aturdido y húmedo, mi cabeza gira parada. Mareo, mucho mareo. Busco descanso.

Hola ¿cómo te llamas?
No.. no.. no consigo acordarme  ¿Y tú?
Me llamo William Q. Soy médico del ‘Kings College Hospital’, en Londres. Te han encontrado a las puertas del hospital. No llevas documentación.

No recordaba absolutamente nada. Intentar desviar mi mente a la memoria era la mayor de las torturas. Una arcada eléctrica que recorría mi médula en cada intento. Sólo quería descansar.

 

Pasé varios días en somnolencia inducida. Un ’sueño dulce’ cargado de disparos psicodélicos de pensamientos incoherentes. Distinguir la realidad de la fantasía onírica era imposible por lo abrumador. Un ejercicio tormentoso que me hacía sentir vivo, pero dentro de un infierno de un esfuerzo descerebrado.

El equipo médico me hizo innumerables pruebas. Batallón de preguntas contínuas y sugerentes ejercicios visuales de psicología cognitiva. Mi cabeza empezaba a funcionar pero no así mi capacidad para comunicarme. Un gran muro parecía pellizcar el bulbo del habla, incapaz de ligar el pensamiento a la palabra.

Flashes como agujas perforaban el hueco vacío de mi memoria. Imágenes incoherentes de un universo que no reconocía. El ejercicio propuesto entonces por el equipo médico era ligar estas ‘fotografias neuronales’ con alguna vínculo para encontrar la pista que condujera a mi identidad. Yo solo veía campos verdes.

¿Qué es eso?
Un callejero de la ciudad. ¿Reconoces algo?
Verde. Esto es verde. ¿Verdad?
Si, es Hyde Park, el mayor parque Real de la ciudad.
Creo que he estado en un campo verde [...]

Era miércoles. Los médicos insistieron en mostrarme revistas deportivas. Las imágenes se apelotonaban en la antecámara de mi memoria, pidiendo paso urgente para un reconocimiento que se hacía imposible. Pero había colores, olores y formas que me conducían al sosiego. Por ahí encaucé mi juicio.

¡Fútbol!. Yo sé jugar al fútbol.

Cuatro días después de mi ingreso había conseguido visualizar el trayecto al supuesto campo de entrenamiento y a la casa de mi entrenador. La memoria de un itinerario no es más que una lista ordenada de instantáneas de un trayecto olvidado. Yo puse las fotos y alguien con juicio ponderado plasmó ordenadamente mi recorrido imaginado en el callejero. Un entrenador estaba entonces camino al hospital.

Hola David. Soy Mike Rook tu antiguo entrenador y el padre de tu mejor amigo: Ross. ¿Te acuerdas de mi?
No sé quién es David. No sé quién es Mike Rook

La espera tensa. El resultado, desolador. Por primera vez sentí esa sensación tan angustiosa. Unos ojos brillantes, vidriosos y amables forzaban una obligada complicidad no correspondida. Un rostro ajeno, desconocido, mostraba un cariño finalmente repudiado. Entonces confirme lo que hasta entonces barruntaba. No reconocía personas.
A través del entrenador localizaron a mi madre, una tal Jeanette. Su abrazo impasible me produjo el escalofrío mas gélido que he tenido, seguro, en mis dos vidas. Violado por un cariño que no siento, Jeanette me estrujó como si fuera carne de su carne. La compasión, entonces, era lo máximo que podía llegar a sentir por ella. Nadie me comprende ahora cuando cuento esto.

Un desfile de individuos que decían conocerme se mezclaron entonces con mi familia: Los médicos. El rubor y retraimiento iban minando mi paciencia. Todos me reconocían pero nadie me comprendía. Quería salir de aquella orgía de cariño unívoco pero imposible. De pasados sin raíces, de besos sin huella. Quería ser libre para sentir, para reconocerme a mi mismo y llenar los espacios blancos de mi memoria a mi manera. Necesitaba tiempo.

¿Cual es tu color favorito? No lo sé
¿Cuál es tu película favorita? No lo recuerdo

Resulta que tengo también una hija de seis años. Con ella no siento lo mismo que con el resto del planeta. Es una sensación especial amparada por la intuición. Quizás porque sus ojos sinceros no están vidriosos. Quizás porque cuando me miro en el espejo la veo un poco a ella. A pesar de todo estoy empezando ahora a quererla.

Todo mi futuro está basado ahora, sin embargo, en la confianza. Confianza en los que no conozco, confianza en los que me cuentan cómo me veían, no cómo realmente era. Me resulta difícil confiar en la gente al principio más si las versiones son algunas contradictorias. Es complicado e incómodo ser quien dicen que soy sin poder sentirse de verdad uno mismo. Pero lo que es imposible es no defraudar a quien espera un abrazo, un beso, un gesto de aquél que un día les amó pero que murió con su memoria aquel 4 de Diciembre.

En este tiempo he viajado mucho. Me han ‘paseado’ por la que dicen fue el hogar de mi infancia. He visitado mi antiguo colegio donde me recordaban como “El Canalla”. He visto los trofeos y vídeos de mis mejores partidos de un deporte del que ahora soy mediocre. Puedo jugar de nuevo, tengo el mismo cuerpo y las mismas habilidades, pero haber perdido la memoria emocional influye en la manera de entender el fútbol. Dicen mis médicos que cuanto más antiguo sea el recuerdo más posibilidades hay de que aflore con las nuevas experiencias. Pero es desalentador que, hasta ahora, no se hayan desencadenado ninguno.

Lo peor de todo ha sido darse cuenta del daño -ahora involuntario- ocasionado por un pasado turbio y violento. Desenmascarar mi parte más oscura y lúgubre a medida que escarbaba en el olvido ajeno ha sido muy doloroso. Afortunadamente no me atormenta porque ya no me pertenece. El vértigo de que se reproduzcan conductas pérfidas existe, pero ahora ya no me reconozco como aquél que maltrató a la madre de mi hija y fue expulsado de casa de los amigos, entrando en una espiral de autodestrucción, alcoholismo y soledad.

Ahora soy libre y verdadero dueño de mi escueto pero ya digno pasado. Mi vida no ha hecho más que comenzar. Parece como si el destino quisiera darme una nueva oportunidad.

Estoy de vuelta. Ahora soy mejor persona.

David Fitzpatrick