Imprimir

Rescate de un avión enterrado en el hielo

El 4 de diciembre de 1974, un avión Hércules LC-130 resultó seriamente dañado cuando se encontraba en una misión científica en algún remoto rincón de la Antártida. El avión sufrió daños en uno de los motores que debían sacarle del hielo y quedó atrapado a unos 1.400 kilómetros de la estación polar más cercana.



Afortunadamente, al cabo de tres días, un helicóptero de la Marina pudo acceder a la zona y rescatar a la tripulación y al equipo de científicos, pero los técnicos estimaron que la recuperación del avión sería demasiado costosa y arriesgada. Así pues, decidieron partir y dejar el avión abandonado a su suerte en mitad de la nada.

Durante los siguientes años, el Hércules fue progresivamente enterrado por el hielo hasta que la cola del avión fue el único elemento visible en decenas de kilómetros. En algunas de las fotografías tomadas posteriormente, la gigantesca cola del Hércules emerge como un gigante olvidado entre la nieve.

Tuvieron que pasar diecisiete años para que la National Science Foundation, propietaria del aparato, reconsiderara la situación y valorara la posibilidad de rescatar el viejo Hércules de entre los hielos. Una vez que calcularon la diferencia entre financiar su recuperación y adquirir un Hércules nuevo, se decidieron a preparar una misión de rescate.

En enero de 1987 un equipo técnico provisto de potentes excavadoras procedió a desenterrar el gigante, con cuidado de no dañar el fuselaje. Durante los siguientes meses, el equipo repuso algunos de los componentes fundamentales, sustituyó los motores y desenterró el avión como si se tratara de una reliquia arqueológica.

Finalmente, el 10 de enero de 1988 el avión despegó desde el lugar del accidente y voló con éxito hasta la estación de McMurdo. De allí fue enviado a Nueva Zelanda donde se le realizó una puesta a punto que le permitió seguir operando durante algunos años en la Antártida.

Tomado de Fogonazos