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Y el mundo se acabó

fin mundoSi está leyendo estas líneas, es que ha sobrevivido a varios fines del mundo. Pero no se confíe. El próximo está cerca. Ocurrirá, según algunos, cuando entre en funcionamiento en las próximas semanas un nuevo acelerador de partículas. La máquina del Juicio Final ha costado ya más de 4.000 millones de euros.
Se llama Gran Colisionador de Hadrones (LHC) y es el instrumento científico más grande del mundo: su principal elemento es un túnel circular de 27 kilómetros, excavado a entre 50 y 175 metros de profundidad cerca de Ginebra. Los físicos esperan recrear en él, en miniatura, las condiciones del Universo billonésimas de segundo después del Big Bang. Los agoreros de turno temen que se desencadenen fuerzas incontrolables -como un agujero negro-, y aquí paz y después nada.

El temor al fin del mundo resurge cada pocos años. La más reciente oleada apocalíptica la vivimos poco antes del cambio de centuria. Paco Rabanne anunció que la estación espacial rusa Mir iba a caer sobre París el 11 de agosto de 1999, en coincidencia con el último eclipse total de Sol del milenio, que -según una peculiar lectura de las Centurias de Nostradamus- iba a suponer la aparición del Gran Rey del Terror. La tragedia de la capital francesa -"ciertos barrios recordarán Hiroshima"- iba a marcar, dijo el diseñador, el principio del fin. "No podía guardar un secreto tan terrible. He cumplido mi deber. Estoy aquí para avisar a los humanos", advertía un mes antes. Pasó el 11 de agosto de 1999 sin que sucediera nada. Así que, cuando después alguien le ha preguntado por su profecía, Rabanne ha respondido que nunca habló del fin del mundo, sino del de una era, signifique eso lo que signifique y digan lo que digan las hemerotecas.

Clérigos y astrólogos

La historia se repite desde hace siglos. En la Edad Media se sucedieron las predicciones del fin del mundo a partir de la interpretación de los textos bíblicos. Julián de Toledo, el desconocido autor de la Crónica mozárabe, y el Beato de Liébana, en su Comentario al Apocalipsis, coincidieron en señalar el año 800 como el del fin de los tiempos. Pasó la fecha y también 992, año fatídico para el eremita Bernardo de Turingia. La noche del 31 de diciembre de 999 tampoco ocurrió nada, y, a partir de ese momento, los ocultistas se sumaron en masa a los intérpretes de la Biblia.

Una conjunción -coincidencia en una región del cielo- de los planetas entonces conocidos en la constelación de Libra llevó a algunos a temer lo peor en 1186. Los religiosos Arnaldo de Vilanova y Vicente Ferrer demostraron sus dotes profetizando el fin del mundo para 1370 y 1412, respectivamente. El astrólogo Johannes Stöfler lo vaticinó para el 20 de febrero de 1524, basándose en la cercanía en el cielo de Marte y Júpiter. Como falló, su discípulo Johann Carion rehizo los cálculos y apuntó al 15 de julio de 1525. Y así de éxito en éxito... hasta Paco Rabanne.

En el siglo XIX, se incorporaron al club de los visionarios apocalípticos los líderes de algunas recién nacidas confesiones cristianas. Demostraron que a los creyentes no les importa mucho que sus profetas fallen en sus predicciones una y otra vez. William Miller, fundador de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, calculó un primer fin del mundo, según la Biblia, para el 21 de marzo de 1843 y, como no llegó, un segundo para el 22 de octubre de 1844. Pero quienes se han llevado la palma apocalíptica son los Testigos de Jehová, organización nacida en 1870: Charles Russell, su fundador, predijo el fin de los tiempos para 1874 y 1914; su sucesor, Joseph Rutherford, para 1918, 1925 y la década de 1940; y el sucesor de Rutherford, Nathan Knorr, para 1975.

Del espacio exterior

Los nuevos dioses llegados del espacio a mediados del siglo pasado han aportado en las últimas décadas varias fechas al imaginario apocalíptico. Sixto Paz, un peruano que dice tener encuentros personales con extraterrestres, anunció en 1975 que los visitantes le habían revelado que "la constante amenaza de una guerra atómica pasará pronto a convertirse en un holocausto vertiginoso y sangriento. Todo ello, además, coincidirá con el paso del cometa Halley". En 1986, el cometa pasó cerca de la Tierra, y aquí estamos.

Tampoco ocurrió una catástrofe planetaria en septiembre de 1991, cuando, según el estigmatizado italiano Giorgio Bongiovanni, un meteorito iba a chocar contra nuestro planeta. Discípulo del contactado Eugenio Siragusa, decía que se lo habían confirmado nada menos que Jesucristo y la Virgen. Seis años después, 39 miembros la secta de La Puerta del Cielo se suicidaron en California para ser recogidos en espíritu por una nave extraterrestre y eludir las desgracias que se iban a abatir sobre la Humanidad, según sus guías alienígenas. "Una de las principales fuentes generadoras de profecías apocalípticas durante el siglo XX es la mitología de los platillos volantes", sentencia el filósofo canario Ricardo Campo, quien recuerda que el anuncio de desastres planetarios se remonta a los contactados de los años 50 y que grupos como los raelianos consideran que estamos viviendo "la edad del Apocalipsis" desde las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki.

Los que ahora advierten del peligro del LHC también lo hicieron a finales de los 90 respecto al Colisionador Relativista de Iones Pesados del Laboratorio Nacional de Brookhaven (Nueva York), en funcionamiento desde 2000. Como ya ocurrió con el acelerador de partículas estadounidense, sus temores sobre el LHC han sido desmentidos en sesudos informes científicos. ¿Cuál será la próxima fecha apocalíptica? Vaya preparándose para el 21 de diciembre de 2012, cuando se acabará el mundo según predicciones mayas tan dignas de crédito como el resto de las citadas en estas líneas. Predecir el fin del mundo es, en el fondo, una estupidez: si fallas, vas a ser el hazmerreír por los siglos de los siglos; si aciertas, no va quedar nadie para reconocerte el mérito. Así que, una vez pasados los quince minutos de gloria warholianos, llevas todas las de perder.

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