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Franklin: un docente de Tumaco que trabaja para ser mejor ser humano

La historia de un profesor que cambió su modo de pensar y así emprender el camino de la paz. Nací en Tumaco, tengo 48 años, 11 hermanos, esposa, 4 hijos y un grado en Educación Física. Hasta los 15 años viví en una zona rural, donde la gente se dedica al agro y la pesca.

 

Éramos familias ampliadas. Compartíamos con los vecinos nuestros platillos. Nos unía el gusto por el fútbol. No había estrellas como ahora, pero en los barrios hacíamos encuentros amistosos.

Mi padre era profesor y mi madre, muy emprendedora, hacía empanadas, cocadas, helados, para alimentar a sus 12 hijos. Nosotros le ayudábamos. En mi casa había dos obligaciones: estudiar y entrenar.

–A levantarse a entrenar– decía mi papá.

Me gradué en Tumaco, en un colegio técnico, donde enseñaban electricidad, arreglar motores, ebanistería. Me gustó la mecánica y aprendí sobre motores, pero los dejé. La educación era precaria. No había universidad y tocaba salir para poder estudiar.

Me gradué en Educación Física en la Universidad Pedagógica de Bogotá. Al mismo tiempo era técnico de fútbol en la Escuela Juan N. Corpas y en la Universidad del Bosque. Gracias al futbol vivía bien y podía estudiar, pues pagaban bien. Como soy alto y rápido para cabecear, jugaba de centro. No era como James, pero me defendía. Enseñaba educación física y ganaba el mínimo. Trabajando con un equipo de fútbol me hacía el doble. Visité varias ciudades entrenando y jugando.

Cuando regresé a Tumaco, a trabajar, nadie sabía de educación física. En Bogotá había canchas, gimnasios, pesas, pero allá no había nada. Eso me sirvió. Fue como volver a hacer la universidad: olvidar lo que sabía, innovar, readaptar. Para hacer gimnasia en un campo lleno de piedras había que poner petates y cojines.

Enseñaba educación física y religión a niños de 8 a 14 años, en un lugar de pescadores en las afueras de Tumaco. Pescaban camarones, langostas, jaibas, cangrejos... Un balde de pescados recién sacado del mar lo daban por 2.000 pesos.

Por cuenta del deporte en Tumaco me hicieron una buena oferta. Me pagaban el doble de lo que ganaba por trabajar 6 horas semanales. Tenía un hijo, tenía más gastos y acepté. Empecé a ahorrar para comprar una casita. Me iba bien, pero tenía problemas en mi casa, en mi trabajo, conmigo mismo. Necesitaba un incentivo, pues me sentía como perdido.

Cumplía mis tareas pero no rendía mucho. En esas conocí a Paula Ramírez, una joven flaquita, bonita, que dirigía un programa llamado Respira en el colegio en donde yo enseñaba. Estaba en otra sede pero, preocupado con mi situación, le pedí que me aceptara en su clase.

Cuando llegué había gran alboroto. Ella hizo una señal y la gente calló. Nos habló de salud mental, de bienestar, de estrés. Y nos dijo: “En Colombia los docentes son los que más usan el sistema de salud, porque son los que más se enferman”.

–Soy bastante sano pero tengo carencias.

Me gustó lo que ella decía y agradecí que me aceptara en su clase. Como tenía problemas y no sabía por qué fallaba, empecé actividades de Atención Plena con Paula. De los temas que maneja me impactó lo del cuidado, lo del amor. Sentí que alguien se interesaba por uno. Fue lo primero que aprendí, lo que más me ha servido. Me puso a pensar: ¿en qué fallo?, ¿qué puedo dar de mí mismo?

Con los hijos, cuando son grandecitos el manejo es más complicado. Pero entendí que si tenía dificultades, no solo con ellos, yo era el responsable. Pues había cosas que hacer para cambiar y yo no hacía nada.

Pero decidí cambiar: no pelear más con el rector del colegio. Chocábamos mucho, lo tenía aburrido. Decidí dejarlo tranquilo. Por ejemplo, en el curso hacíamos partidos de fútbol, de básquet y siempre había premios. El rector suspendió los recursos. Cansado de pedir, le dije: “No importa que no dé para premios, yo sigo con las actividades”.

En relación con mis hijos, uno perdió dos veces 9.° por andar en fiestas. En vez de regañarlo le dije: “Aquí estoy, te apoyo, pero, ¿qué vas a hacer con tu vida?”.

Reconozco que he sido fuerte con él, que le exijo mucho. No es que deje de exigirle, pero ahora trato de preguntarle. Lo que pasa es que él es rápido, inteligente. Se aburre si en clase de matemáticas no lo retan, no lo animan. En sistemas, instala, desinstala, hackea sabe de tecnología, pero si en el colegio lo ponen a cortar y pegar, se aburre.

Ahora está en 10.° y los profesores me han hablado de él, sin yo preguntarles. Toma cursos de inglés avanzado, compra videos en inglés, los pone sin subtítulos y estudia japonés… Al fin entendí que el problema era mío. Cuando me pongo un poco fuerte con él me dice: “Cálmese”.

Y yo me calmo, porque Respira me ha ayudado a ser paciente, sobre todo con él, a darme cuenta de las cosas, a responder en vez de reaccionar. Con los otros hijos fluyo… Soy fácil, todos me escuchan.

Con mi esposa hay más acercamiento, más comprensión. Respira me ayudó a unir puntos que estaban separados y darme cuenta de que en algo voy mejorando.

En Tumaco, en un ambiente tan complicado, con tanta violencia, siento que con lo poco que pueda hacer puedo cambiar. Y sé que he cambiado a muchos.

Por ejemplo, el año pasado un joven quiso partirme la cara. Un Franklin sin conciencia de qué estaba pasando habría respondido la agresión con agresión. Darme cuenta de que en el joven había algún problema me ayudó a calmarme, a buscar una solución en vez de agredirlo. Normalmente me defiendo pero entonces le dije:

–¿Por qué me agredes?

Me di cuenta de que algo fallaba en él, por lo que he aprendido con Respira. Pues el ataque era muy agresivo, muy grosero. ¿De dónde me salió esa tranquilidad?, pensé después.

No quise poner la queja, pues podrían haberlo expulsado. Tres días después el joven me buscó para disculparse. Eso me dio mucha felicidad. Siento que estoy trabajando por un bien mayor. Y como tengo hermanas profesoras, les sugiero qué pueden hacer para que sus clases sean más dinámicas, agradables, que tengan algo de Respira; es decir del ser, del hacer, del aprender.

Porque a veces enseñamos sin emoción, sin sentirlo. Por eso trabajo en cómo enseñar con cierta sensibilidad emocional que me ayude a ser mejor. Yo tenía ideas, pero Respira me ha servido como herramienta. Es un fin y un medio que se puede aprovechar para aprender y enseñar mejor.

Ahora veo las cosas no como malas o buenas, sino como cosas que pasan, a las que uno puede darles un sentido. En el colegio veintiún profesores saben de Respira, y cuando nos encontramos, nuestra dinámica de colegas es más cercana. Lo principal es que todos queremos cambiar y hacer las cosas mejor. Más que un trabajo, Respira es una forma de vida.

LUCY NIETO DE SAMPER
Especial para EL TIEMPO