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Las mujeres del prostíbulo más exclusivo de Colombia

Para ver a las mujeres que trabajan en Flirt Hotel es necesario pagar 500.000 pesos, hacer una reserva y entrar únicamente a la hora acordada. ¿Cómo es este lugar en donde un polvo puede alcanzar los seis millones de pesos? .

Una tarde de enero, en una vieja casa rodeada de edificios residenciales en el norte de Bogotá, una docena de mujeres se preparan para desfilar en stilettos, minifaldas, vestidos largos y tops negros demasiado pequeños para el frío de la capital. Una a una, descienden lentamente una escalera curva en Flirt Hotel, quizá el prostíbulo más exclusivo de Colombia.

Entre risas y murmullos, se detienen frente a una chimenea de gas cercada por nichos iluminados que alojan estatuas de Buda y botellas de whisky. En una barra cercana, tres hombres observan el ir y venir de los tacones mientras se esfuerzan por recordar los nombres de las mujeres que les llamaron la atención.

—Daniela: boccato di cardinale —murmura, sonriendo, una vez finaliza el casting, Andrés Gamba, de 40 años, dueño del lugar. Ya serio, se acomoda la camisa blanca y la chaqueta a rayas que descansa sobre sus jeans oscuros. Toma la carta y señala a una modelo en bikini que adorna la selección de tragos.

—Esta chica es un espectáculo, no se imagina. ¿Sabe cómo la conocí? Le cuento la historia tan chistosa. Me fui con mi mamá a celebrar el Día de la Madre a Cartagena. Esta chica era azafata de Viva Colombia. Íbamos en el avión y me encantó. Yo dije: “No puedo bajarme sin hablarle a esta vieja”. Le hablé y salimos en Cartagena. Nos conocimos, le conté lo que hacía y estuvo trabajando acá. Aunque, claro, antes me fui para Cuba con ella, ¿no? —dice, rascándose la barba negra salpicada de gris que le cubre la mayor parte del rostro—. Imagínese uno yendo de paseo con la mamá y una vieja de ese level. Yo la necesitaba en mi staff como fuera. Y, bueno, se retiró de Viva Colombia para estar acá, pero hoy se está yendo para México a un contrato de modelaje buenísimo. Nos cambiamos la vida…

Gamba, antaño el acólito de su barrio, se ríe y luego suspira. El hombre que dejó de ir a misa a los 33 mira detenidamente a las mujeres antes de beber un trago y salir a lo que alguna vez fue el jardín interior.

—Las chicas más lindas que ejercen la prostitución no lo hacen en Colombia. Quiero que ellas vengan —dice, mirando hacia un ventanal sobre la habitación principal del lugar. La silueta oscura de una mujer quitándose la ropa contra luces amarillentas lo distrae por un momento, pero luego continúa:

—El proyecto es grande. Queremos tener una gran cadena de hoteles orientada hacia este servicio. Quiero ser el Andrés Carne de Res de los acompañantes.

Gamba se detiene nuevamente para tomar aire y observar otra sombra que, consciente de ser observada, arquea las piernas para despojarse de sus prendas.

—A mí me gustaría tener un sitio donde prime la sensualidad —continúa—, donde los extranjeros puedan ir a comerse un buen plato de comida, tomarse unos buenos tragos; un sitio donde siempre haya niñas bonitas; que usted se pueda hospedar y que sepa que en el primer piso tiene un bar relajado; que en el rooftop tiene una rumba con chicas deliciosas; que cuando pida room service a su habitación llegue una chica absolutamente divina y supersensual. Ese es mi modelo de negocio y este es el show room: bienvenidos.

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En Flirt Hotel, las mujeres más costosas, promocionadas en la página web como “modelos VIP”, rara vez se hallan presentes en el lugar. Para verlas en fotos, es necesario pagar medio millón de pesos por adelantado. La mayoría son, según él, presentadoras de canales regionales, exreinas, modelos de Car Audio y actrices aún no reconocidas que buscan mantener en secreto su nombre a través del mecanismo del pago inicial.

Los que deciden arriesgarse, pueden elegir un par de las modelos y agendar una cita para cancelar el valor restante y poder verlas en persona. En total, se tiene que pagar el equivalente a más de ocho meses de trabajo de un obrero o tres de un médico general recién graduado para poder estar con las más valoradas durante una sola hora.

—Ese business siempre ha estado al lado de mi negocio —me dijo Gamba una noche despejada a finales de enero en el patio de Flirt—. Lo que han cambiado son los dolientes. Cuando yo intenté hacerlo en 2006, eran los traquetos los que pagaban, y yo siempre he querido estar lejos de eso. Me importa cinco cómo hacen los seres humanos su plata, pero hay gente que sí definitivamente no quiero que venga porque me dañaría la reputación. Prefiero un cliente que se gaste un millón dos veces al mes y no uno que venga y se gaste en una noche 16 millones pero que me espante a tres de esos que son gente decente y superbién.

Flirt empezó de manera casual hace alrededor de 15 años. Cuando estudiaba Ingeniería Industrial en la Escuela de Ingeniería en Bogotá, Gamba ideó una agencia matrimonial para extranjeros. Al poco tiempo, el padre de uno de sus amigos le propuso que consiguiera dos damas de compañía para unos empresarios de una multinacional europea que estaba a punto de entrar al país. Tras un corto periodo de duda, Gamba pensó en un par de paisas voluptuosas que había rechazado para la agencia. Las dos mujeres salieron el viernes con los europeos. Al día siguiente, lo llamaron y le dijeron que dos empresarios más llegaban el sábado, por lo que esa noche necesitarían dos mujeres más. Afortunadamente, las paisas tenían amigas. La historia se repitió los dos fines de semana siguientes.

Las paisas cobraban 100.000 pesos la hora cada noche y Gamba recibía el 40 %. En tres fines de semana, había ganado lo que la agencia matrimonial dejaba en aproximadamente mes y medio. Al poco tiempo, se retiró de Ingeniería Industrial y dejó de lado la agencia matrimonial. Se concentró en el negocio que bautizó Flirt en 2003 e inició Administración de Empresas en la Universidad Sergio Arboleda. En ese tiempo, el número de llamadas se multiplicó. Contrató más mujeres y expandió su catálogo de servicios desde una oficina en el norte. Tras un par de años, se hartó de los domicilios, así que arrendó una casa cerca de su apartamento. No mucho después, compró la sede actual de Flirt.

Hoy, las 45 mujeres que se reparten las noches en la casa utilizan perfumes como Light Blue de Dolce & Gabbana, 212 Sexy de Carolina Herrera, Lady Million de Paco Rabanne y Acqua di Gioia de Armani. Cobran entre 600.000 y 1.200.000 pesos la hora, sin contar el costo del alquiler de las habitaciones, que en febrero subió a 190.000 pesos la hora. El personal de la casa, una hostess y un administrador reciben clases de inglés en el Instituto Cambridge. Una secretaria toma reservas en inglés, alemán y francés.

Se ofrecen paseos turísticos por La Candelaria con acompañantes, cenas románticas en algunos de los mejores restaurantes de Bogotá y rumbas en Armando Records o Andrés Carne de Res, que terminan con una botella de whisky 12 años en una habitación y un desayuno en la cama al día siguiente (el costo de este “city tour” es de 770 dólares, más de lo que cuesta un tiquete de ida y vuelta a Madrid en temporada baja). Mensualmente se venden entre cinco y ocho botellas de Johnnie Walker Sello Azul y por lo menos doce de Dom Pérignon y de Moët et Chandon. El aguardiente es uno de los tragos menos pedidos. No hay bouncers o equipo de seguridad, y solo se aceptan clientes con reserva. Se organizan pool parties todo incluido en casas a un par de horas de Bogotá, por alrededor de dos millones de pesos, y planes privados para parejas.

Se cierran licitaciones entre políticos y empresarios, y deportistas, actores y esposos de modelos ocasionalmente visitan el lugar. Hace dos años, un grupo de petroleros pagó una cuenta de 38 millones de pesos, el precio de un automóvil nuevo de gama media. Este año, Gamba quiere organizar una fiesta en un yate privado en Cartagena, con un costo de 2500 dólares por persona. También quiere traer prostitutas de República Checa.

Según Gamba, en las noches el código de vestimenta es “elegante”. No obstante, priman las minifaldas y los escotes desmedidos. Existen cuerpos para satisfacer a cualquiera. Hay cuatro habitaciones con características especiales. La Suite Flirt tiene un jacuzzi de los años ochenta que revela el pasado del lugar, hace un par de décadas, la casa de fiestas de un esmeraldero. La habitación G-Spot tiene el skyline neoyorquino dibujado en la ventana. Flirt se ha cerrado para atender fiestas swinger con diplomáticos españoles y despedidas de soltero en las que algunos clientes terminan gastándoles una habitación a sus conductores. La mayor parte de la clientela es colombiana, pero Gamba aspira a atender a una mayoría de extranjeros en un futuro próximo. Los mexicanos y ecuatorianos son clientes asiduos, pero últimamente los rusos y los asiáticos amenazan con adueñarse del lugar. “Ustedes son animales muy extraños”, les dijo un grupo de japoneses a un par de prostitutas.

***

Hacia las 9:00 de la noche de un miércoles, un hombre canoso con pelo de franciscano conversa con dos mujeres junto a la barra de Flirt. Mira de reojo sus escotes envuelto en una chaqueta gris brillante. Un piso arriba, dos mujeres en diminutas tangas posan de espaldas para un fotógrafo y su trípode. A pocos pasos, un chef vigila un asado. Algunas modelos bailan frente a la chimenea al ritmo de La pantera mambo, de La 33. A la media hora, el de la chaqueta sube a una habitación.

En una sala privada, Martina, una joven y delgada rubia en un corto vestido negro ceñido al cuerpo, se inclina sobre un sofá azabache. A su lado, Karen, de 30 años, se acomoda un vestido largo escarlata que permite entrever dos esculpidas piernas morenas e imponentes tetas carentes de caída.

—Una vez, un tipo que llegó con un escolta se quitó el condón y empezó a decirme: “Quiero tener hijos contigo” —dice Karen, crispando una nariz demasiado respingada y tocándose el lacio pelo negro que le cae hasta la mitad de la espalda—. Salí corriendo y el tipo salió detrás de mí sin ropa.

—A mí una vez me tocó pedir que cerraran las puertas para una fiesta en la que cada invitado tenía derecho a tener sexo tres veces —dice Martina—. Había pepas de Viagra en la mesa y condones por todas partes.

—Hay muchos que se enamoran. Traen regalos: joyas, relojes, chocolates, oro. Nos han dejado propinas de 300 dólares…

El sonido de dos pares de tacones acercándose la interrumpe. Andrea, la hostess, nos presenta a Sofía, quien acaba de terminar un servicio en el segundo piso. Ella, una rubia bogotana de cuerpo escultural y labios pronunciados, fue la elegida por un reconocido actor cuando vino a Flirt. Es también la mimada de un admirador que viene desde hace cinco años.

—Es un hombre muy loco —dice, alzando los ojos—, está separado y tiene una hija. Se encoge de hombros. Desde hace cinco años, es decir, durante cerca de 250 semanas, ha pagado semanalmente por lo menos entre 600.000 y un millón de pesos por estar con Sofía.

—Pero son preferibles los nuevos —dice Karen, y las tres asienten en silencio—. Los fijos se cogen mucha confianza.

Martina frunce el ceño y luego ríe al recordar a un hombre que le pagó por verla orinar en tanto él la espiaba desde las sombras. En otra ocasión, un cliente pidió por teléfono una mujer de 60 años. Otro pidió poder venir en la mañana a limpiar el lugar bajo las órdenes de algunas de las mujeres. En general, en días malos, ganan alrededor de 400.000 pesos. En los mejores, unos tres millones.

En el patio, Gamba conversa con dos extranjeros. Los miércoles hay barra libre y asado por 50 dólares. Las mujeres toman cocteles o fuman marihuana. Sobre la suite, las sombras continúan su danza.

—La humanidad la cagó llamando “hacer el amor” al sexo —había dicho hace poco, mientras prestaba atención al juego de luces a su lado.

Por: Santiago Wills (Fuente: soho.com)