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 No hay nadie a quien no le interese el sexo. Es uno de los temas que a través de milenios ha suscitado una mayor e imperecedera fascinación, llegando incluso a la obsesión. Es fácil percatarse de inmediato cuando el sexo es el tema central de una conversación; en estos casos, las cabezas se juntan en un gesto de confidencialidad, los silencios se hacen expresivos y los rostros adquieren un cierto aire picaresco.
Por eso, cuando las personas se sienten temerosas o avergonzadas de hablar abiertamente de sexo y de su naturaleza ´animal´, es que entre ellas existe un evidente sentimiento de separación o un ambiente de aislamiento y tensión.

Pero, ya se aborden o no las cuestiones sexuales, se expresen o se repriman, o sean placenteras o soportables, lo cierto es que constituyen el más importante aspecto de nuestra vida. El sexo es algo que siempre está en nuestra mente; es, sin duda alguna, un visitante asiduo, principal y distinguido de nuestros pensamientos y fantasías. Forma parte, además, de nuestra propia química, ya que cada criatura sensible de este planeta debe su nacimiento a un acto sexual en el que hubo una unión de células masculinas y femeninas.

Nuestro encuentro con el sexo se realiza a una edad muy temprana cuando de una manera natural, y con inocente deleite, nos acariciamos los genitales.
Y, tras este encuentro, ya no hay ruptura, toda vez que la sexualidad nos acompaña durante toda la vida en diferentes fases de desarrollo y expresión. La sexualidad, por otra parte, es causa de dolor y de placer, de consuelo y de desconsuelo.

Muchas veces es la determinante de nuestra felicidad o infelicidad, de nuestro éxtasis o de nuestra agonía. Actos tan sencillos como pintarse los labios o las uñas de los pies, o aplicarse un perfume o una loción para después del afeitado, no tienen otra finalidad que provocar una atracción erótica. En nuestros días, esto de utilizar el sexo como señuelo es práctica corriente; la prueba está en que continuamente llegan a nuestros ojos y a nuestros oídos imágenes y palabras saturadas de erotismo. Los medios de comunicación se sirven del sexo para vender, denigrar o escandalizar; mientras que las personas lo utilizan para controlar, tentar, abusar o abandonar.

Nuestro obsesionante interés por ir a la moda y por presentar una buena imagen tiene mucho que ver con la cuestión sexual. El hecho de comprobar que alguien nos considera atractivo o atractiva es suficiente para darnos vitalidad y confianza, incluso aunque ese alguien no tenga nada en particular que sea de nuestro agrado. Cuando el deseo es mutuo y compartido, nace en nosotros la esperanza del amor; esperanza que nos llena de dicha porque vemos cercana la posibilidad de que se cumpla uno de nuestros grandes deseos que es amar y ser amado. No hay nada que pueda reemplazar al amor; así que, cuando éste se materializa en alguien, el sexo se convierte en el mejor medio para expresarlo.
El sexo puede también presentar su lado oscuro; esto ocurre cuando es motivo de violencia, discusión y descontento.
Se dice que los hombres tienen un pensamiento erótico aproximadamente cada tres minutos, mientras que las mujeres lo tienen cada seis o siete.
Cualquiera que sea la frecuencia, la realidad es que somos seres humanos y, por consiguiente, estamos, nos guste o no, constantemente mediatizados por el sexo.

Energía sexual y fuerza vital

Puesto que es la fuerza misma de la vida, no hay modo alguno de que podamos controlar la energía sexual. Aun cuando a menudo intentamos separar en nuestro pensamiento la energía sexual de las ´otras´ energías, la verdad es que todas forman una sola unidad, todas son la misma cosa. La energía es sólo eso: energía.

La inherente capacidad dinámica de esta energía o fuerza vital la hace moverse y expresarse a través del sexo o la supervivencia, en el arte, en los deportes o en la másica. Y, por mucho que lo intentásemos, nunca podríamos reprimir esta energía o desentendernos de ella; por lo que lo ánico que podemos hacer en este caso es canalizarla de la manera más inteligente y edificante posible.

A pesar de lo extendido que está el juego sexual, es rara la persona que obtiene de su práctica una satisfacción plena o una gran sublimación del amor. Las más modernas investigaciones sobre el fenómeno del orgasmo nos dicen que una persona sexualmente activa de tipo medio experimenta éxtasis orgásmico durante veinte segundos a la semana, noventa segundos al mes y, por tanto, dieciocho minutos al año.

Las anteriores cifras han sido establecidas tomando como base un orgasmo de una duración de diez segundos; aunque, si lo pensamos bien, conseguir un orgasmo de esta duración es toda una proeza.

Si proyectásemos estos cálculos a toda una vida, nos enteraríamos de que en cincuenta años de actividad sexual habríamos tenido el privilegio de disfrutar de un tiempo total de éxtasis orgásmico cercano a las quince horas. Estos resultados sorprenden, e incluso llegan a producir desagrado, cuando nos paramos a pensar en el gran námero de veces que hemos practicado el coito y en el tiempo adicional que hemos pasado soñando con las delicias del amor o angustiándonos por ellas.
Es obvio que para la mayoría de nosotros tanto el amor como el sexo no presentan un estado satisfactorio. El sexo, cuando se le despoja de todo romanticismo literario, no es esa fuerza espiritual, orgásmica e inocente que nos transporta a un mundo de amor y de auténtica pasión.

El sexo no llega a satisfacernos plenamente ni nos da la suficiente fortaleza para afrontar con entusiasmo nuestro quehacer diario; como tampoco tiene el poder de ayudarnos a superar las presiones o limitaciones que nos impone la vida cotidiana.

Lo normal es que entre hombres y mujeres existan problemas motivados por la cuestión sexual como son, entre otros, la violación, la frigidez, la ambivalencia, la eyaculación precoz, la impotencia y el desinterés por el sexo.

Sexo e inteligencia

Para darle la vuelta a todo lo que hasta ahora llevamos dicho, así como para encontrar esa profundidad de satisfacción sexual que buscamos, debemos comenzar por dar cabida a la inteligencia en el concepto que tenemos del sexo. Con esto, queremos empezar a mirarlo dentro de un nuevo contexto o a verlo desde una perspectiva distinta.
Para ello, tenemos que remontarnos por encima de lo que el sexo tiene de mera acción reproductora o de placer físico inmediato.

Este nuevo enfoque nos permitirá ahondar en el conocimiento de la energía sexual, ver cómo mejor responde esta energía, y utilizar el sexo como un medio perenne de creación de amor entre hombres y mujeres.
Algo muy favorable para nuestros propósitos y que, además, nos reconforta, es el hecho de que el sexo sea una fuerza extremadamente saludable y vigorosa que podemos utilizar para nuestro disfrute y beneficio personal.

El sexo en su más elevada expresión posee un componente divino, øqué otra cosa, sino divinidad, podría ser esa fuerza que sólo en un instante te transporta hasta la misma gloria? Es un instante en que todo está en su sitio, en que todo encaja perfectamente.

Se trata de un éxtasis orgásmico y biológico que dimana de un recíproco juego dinámico entre dos fuerzas opuestas y que constituye un alimento para el espíritu. Es de lamentar que haya muchas personas con convicciones religiosas que creen que el sexo constituye una desviación en el camino que conduce hasta Dios. ´No caigáis en la tentación de la carne´, nos han advertido hasta la saciedad; y ello, aun a sabiendas de que si hacíamos caso de este aviso pasaríamos noches enteras soñando con el sexo o pensando obsesivamente en él durante el día.

La renuncia al sexo es una gran equivocación y una dolorosa pérdida para la humanidad.
Si el sexo se circunscribe a su función reproductora y al placer del instante, dejándose así de lado su indudable índole espiritual, estamos disipando nuestra energía vital y, en consecuencia, perturbando nuestra mente, cuerpo y espíritu.

Con el tantra, representante del equilibrio cósmico de las energías masculina y femenina, del yin y el yang, de lo positivo y lo negativo, y de lo dinámico y lo receptivo, podemos introducir amor y espiritualidad dentro y fuera de nuestras vidas, así como aprender a vivir libres de las limitaciones de la simple biología. Con esta práctica hindá, se nos ofrece la oportunidad de retornar a nuestra propia naturaleza como hombres y mujeres y de encontrar el lenguaje espiritual del amor a través del acto físico del coito. Se trata de una noción del sexo muy distinta de aquella que recibimos como herencia de nuestros padres.

De este modo, el tantra nos proporciona unas ideas y una visión del sexo y sus funciones completamente diferentes.

Fases de la energía sexual

La energía sexual en los seres humanos, además de efectuar un movimiento circular a través de los canales internos del organismo, realiza dos fases perfectamente diferenciadas.

La primera fase, que representa el ímpetu inicial de la energía sexual, comienza en el cerebro y, tras ejecutar un recorrido circular, termina en los genitales (véase la figura 1). Para expresar lo anterior en términos fisiológicos, diremos que la región hipotalámica-pituitaria y la glándula pineal, alojadas ambas en el cerebro, segregan hormonas que controlan el sistema endocrino del organismo del que forman parte las glándulas genitales (ovarios y testículos).

Dichas hormonas garantizan la funcionalidad de los mecanismos sexuales y los preparan para que realicen debidamente la acción de copular. Esta primera mitad del círculo, conocida como la fase biológica o reproductora de la energía sexual, empieza, como ya hemos visto, en el cerebro y desciende hasta los genitales. Y es en esta fase donde invariablemente liberamos, a través del orgasmo o la eyaculación, la energía sexual creada durante el juego erótico.

El secreto del tantra, y también su principal interés, está en que la energía sexual no salga del cuerpo, sino que sea retenida dentro de él; es decir, que no sea habitualmente liberada mediante el orgasmo o la eyaculación. Si esta energía permanece dentro del cuerpo e inicia un nuevo recorrido circular, desarrollaremos plenamente nuestro potencial orgásmico. En efecto, en la fase ascendente, que transcurre por la segunda mitad del círculo, se le da a la energía sexual la oportunidad de seguir su recorrido circular hasta terminar en el cerebro, su lugar de origen. Con esto se revitalizan y nutren las glándulas ´maestras´ (la pineal y la pituitaria) de nuestro organismo que, como se sabe, tienen mucho que ver con el estado de salud de nuestro cuerpo.

Con la actividad sexual se liberan muchos factores hormonales que afectan de manera positiva al cuerpo y a la conducta, por lo que desde muy antiguo el sexo ha sido asociado a la longevidad y a la iluminación espiritual. Desde el momento en que se permite que la energía sexual se reabsorba y se recicle, el sexo se convierte en una fuerza revitalizadora y energética.

Estamos hablando, pues, de lo que se conoce como la fase espiritual o generativa del sexo; fase en la que los genitales son reverencialmente considerados como órganos generativos.

El acceso a esta segunda fase de nuestra energía sexual se consigue no permitiendo que esta energía se escape definitivamente de nuestro organismo y propiciando que, en lugar de esto, vuelva y realice un recorrido ascendente hasta el cerebro. Esto es, ni más ni menos, lo que propugna el tantra en su deseo de demostrar que el sexo puede ser encauzado de forma que no se limite a crear otras vidas, sino también más vida. Se entra en la fase espiritual de la energía sexual cuando hombres y mujeres aprenden a relajarse juntos durante la copulación.

Esta forma de abordar el sexo es diametralmente opuesta a la noción popular que se tiene de ella, ya que para la mayoría de las personas la actividad sexual entraña siempre esfuerzos, tensiones y presiones. Normalmente se cree que cuanto más violento y movido sea el acto sexual mayor será el goce y la satisfacción que de él se obtengan. A pocas personas se les ocurre pensar que el coito sea un episodio tranquilo.

A nadie se le pasa por la cabeza que el auténtico éxtasis sexual esté íntimamente emparentado con la relajación física. Nadie piensa que cuanto más nos relajemos, más numerosas e intensas serán nuestras sensaciones.
Fácilmente se aprecia que el éxtasis y la tensión son, en este caso, conceptos completamente antagónicos. La tensión genera calor e inquietud, mientras que el éxtasis surge del frío y la paz interior. La tensión oprime y contrae, mientras que la relajación abre y expande. La tensión crea picos y la relajación crea valles.
La tensión propicia el desprendimiento, mientras que la relajación favorece la absorción.

La relajación constituye el eje central del tantra. Por eso nos asegura que cuando nos relajamos en honor de nuestra energía sexual, en vez de elevarla hasta una cáspide para luego liberarla, lo que hacemos es no desprendernos de ella y reencauzarla por un tranquilo valle, con lo cual conseguimos más energía vital y más amor. Si reencauzamos la energía sexual por medio de la relajación, podremos dirigirla hacia nuestro interior para que, una vez dentro, inicie una trayectoria ascendente; durante este proceso la energía sexual es automáticamente reabsorbida por el cuerpo y puesta de nuevo en circulación.

El tantra equipara esta acción con el acto de colocar un pie en el primer peldaño de una escalera interior de desarrollo o crecimiento.

En su momento, un relegado sendero de energía se activará a todo lo largo del nácleo central de nuestro cuerpo y experimentaremos, desde los genitales hacia arriba, una sublime, gloriosa, dorada y luminosa sensación producida por una fluida corriente electromagnética.

Si en vez de imposibilitarla, como hacemos por ignorancia, nos preocupásemos de darle a la fase espiritual la importancia que se merece, el simple acto de hacer el amor se convertiría en una experiencia divina compuesta de las más excelsas maravillas.

Puntos clave
La energía sexual es la propia fuerza vital que circula a través de todos nosotros.
Mediante el equilibrio de nuestras energías masculina y femenina podemos disfrutar de unas relaciones sexuales saludables y fortalecedoras.
Podemos encauzar la energía sexual mediante la forma usual que es el orgasmo, o bien podemos reencauzarla para que nos proporcione más energía o más amor.
Ayudándonos de la creatividad, podemos transformar el sexo en una experiencia verdaderamente edificante.by Diana Richardson