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Un consejero de la NASA propone incorporar "esposas de expedición" en sus naves para que los astronautas se desahoguen en las misiones largas

En Space oddity, David Bowie entona un melancólico canto a la cósmica soledad del astronauta. Y en verdad debe ser muy triste estar ahí arriba, en la acongojante inmensidad del espacio exterior, y no poder matar la ansiedad en brazos de una mujer bonita o de un apuesto varón.

Los astronautas, a pesar de ser unos profesionales como la copa de un pino de grandes, no son robots, sino seres humanos que también se ponen tensos y tontorrones si no desahogan sus más bajos instintos… y esto, indudablemente, influye en su rendimiento laboral. Al parecer, el consejero de la NASA Jason Kring, ha pedido que se le otorgue al sexo cósmico tanta importancia como a otras necesidades fisiológicas, sobre todo durante las misiones largas que exijan muchos días de permanencia en el espacio. 

El doctor Kring, consejero y profesor asistente de la NASA en la Universidad Aeronáutica de Embry-Riddle en Florida, también ha advertido a la agencia espacial que debe realizar más investigaciones para estudiar el desarrollo del embrión humano en ambientes de nula o baja gravedad, especialmente si tiene intención de instalar una colonia en Marte en los próximos 30 años.

Kring hace públicas estas advertencias porque considera que la NASA no tiene suficientes fondos asignados a la fisiología humana en el espacio, cuando las necesidades sexuales y reproductivas fuera de la Tierra podrían ser cruciales en misiones largas, como el viaje a Marte que se está estudiando, que tendría unos tres años de duración.

Tensión sexual cósmica

En una entrevista concedida al periódico británico Sunday Telegraph, el doctor Kring ha comentado que "como el hambre y la sed, el sexo es un motivo biológico básico. Una misión potencial de ida y vuelta a Marte podría durar tres años. La NASA, la ESA y otras agencias espaciales deberían abordarlo en el entrenamiento y en la selección de la tripulación". La propuesta de Kring es que los astronautas se alivien "tomando a un colega como amante" para suavizar así la frustración sexual.  

Para convencer a la NASA de su postura, el doctor Kring fue aún más lejos y añadió que la falta de sexo en las misiones largas puede hacer fracasar una misión, por culpa de las tensiones sexuales no resueltas que desemboquen en enfrentamientos personales y dispersiones cerebrales.

Como guinda, Kring sugirió la posibilidad de crear, de cara a la misión marciana, una nave espacial que respete la privacidad de los astronautas para que estos puedan copular en paz. De esta forma, como ya hicieron en su día los exploradores del Polo Sur, los astronautas podrían tomar "esposas de expedición" para desahogar sus instintos sexuales mientras dure la misión. Por supuesto, al terminar ésta, los cosmonautas volverían con sus parejas terrícolas, aunque la propuesta de Kring no parece tener en cuenta la monumental bronca que podría esperar a los pobres cuando regresaran a casa. 

En el espacio nadie puede oír tus gemidos

De momento, la NASA no hace más que poner pegas a las peticiones de Kring. Para empezar, se dice que la mecánica de los "procedimientos de acoplamiento humano" (que es como llaman los científicos a estos menesteres) pueden resultar bastante complicados y mucho menos placenteros en gravedad cero. Además, el sexo en naves espaciales tiene efectos secundarios tan engorrosos como mareos, sudoración y caída de la presión sanguínea.

Para colmo, se dice que la eficacia de la anticoncepción oral (la píldora) es menor en el espacio, por lo que habría más riesgos de embarazos, que podrían suponer un problema de dimensiones cósmicas, no sólo porque ninguna agencia espacial está preparada para estos casos, sino también porque, según algunos estudios, los embriones de rata desarrollados en gravedad cero presentan cerebros y esqueletos subdesarrollados.

Por todas estas cosas, parece que la NASA ha congelado de momento el estudio del sexo en sus naves espaciales, a pesar de la insistencia de sus consejeros y de la inminencia del turismo espacial. El sexo cósmico seguirá siendo, pues, ciencia ficción: una fantasía ingrávida reservada a los libros de autores como Philip Jose Farmer.