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¿Vivimos en la Matrix?

Muchos creen que es imposible, y otros están convencidos de que es verdad. Nick Bostrom ha escrito ríos de tinta sobre el tema, desde un punto de vista completamente lógico, lejos de las especulaciones sin fundamento.
La ciencia continuamente nos devela secretos sobre el universo, y también sobre nuestra posición en él. Y frecuentemente, lo que descubrimos es humillante: no somos el centro del universo, descendemos de una especie de mono peludo, y estamos hechos de simple carbono.

Nos movemos mediante impulsos neurofisiológicos y estamos sujetos a una serie de influencias biológicas, psicológicas-sociológicas que aún no terminamos de comprender completamente. De la misma manera que una comunidad de pólipos coralinos que generación tras generación van construyendo la estructura calcárea que les sirve de hogar, la civilización humana va edificando una infraestructura tecnológica que le sirve de soporte. Nuestro propio habitat es el fruto de nuestra tecnología.

Pero esta tecnología es también, en algún sentido, humillante. La tecnología más avanzada que disponemos en la actualidad es extremadamente limitada y primitiva si la comparamos con la que tendrán nuestros descendientes. Si extrapolamos hacia el futuro, podemos ver que el desarrollo exponencial de la tecnología hará de los humanos algo muy distinto.

En el campo de la simulación, por ejemplo, basta con comparar un simulador de vuelo utilizado por los pilotos de líneas aéreas de hace 20 años con la última versión del “juego” Flight Simulator de Microsoft para tener una idea de lo que estamos hablando: en pocos años, el progreso y realismo conseguido es asombroso.

Es lícito suponer que las civilizaciones futuras tendrán suficiente energía, potencia de cálculo en sus ordenadores y herramientas de programación suficientes para desarrollar software que simule fielmente un cerebro humano. De hecho, en la actualidad, IBM lo ha logrado con el cerebro de una rata. Estas mentes simuladas llegarían a ser conscientes y a tener las mismas clases de experiencias que tenemos.

Pensemos ahora en un simulador con un ambiente virtual muy realista, donde habitan un grupo de estos cerebros (también simulados). El poder de cálculo del ordenador que sea capaz de realizar esta hazaña debería ser inmenso, pero solo es cuestión de tiempo parar lograr construir una máquina así. Algunos futurólogos aseguran que dispondremos de ella en 50 años, pero aunque demoremos 10 millones de años no habría diferencia en el resultado. Pensemos que la computadora que se encargó de guiar el módulo lunar que llevó los primeros hombres a la Luna, tenía el mismo poder de cálculo que una Commodore 64, mientras que la que usas para leer este artículo es miles de veces más potente y barata, y solo han transcurrido 40 años.

Una vez que hemos asumido que fabricar dicho ordenador es posible, en un plazo de tiempo finito, puede demostrarse que algunas de las tres premisas siguientes es verdad:

1) La mayoría de las civilizaciones con un estado de desarrollo tecnológico similar al nuestro se han extinguido.

2) El porcentaje de civilizaciones tecnológicamente maduras que se han interesado por la creación de simuladores como los mencionados es casi cero.

3) Es muy posible que estés viviendo dentro de una simulación.

¿Cómo llegamos a esta conclusión? Supongamos que la primera premisa es falsa. Eso significa que hay muchas civilizaciones con nuestro nivel tecnológico. Supongamos también que la segunda premisa es falsa. Eso implica que muchas civilizaciones están construyendo simulaciones de seres vivos, por lo que la tercera tiene grandes probabilidades de ser cierta. Hay una probabilidad enorme de que tu y yo estemos dentro de un gigantesco, incomprensible (para nuestra tecnología) y poderosísimo simulador de vida. Lógica pura y dura.

Si asumimos que (1) y (2) son falsos simultáneamente, lo cual es casi con seguridad verdad, (3) tiene que ser cierta.

Seguramente dirás que no tenemos mucha información científica para asegurar la falsedad de (1) y (2), pero sí podemos especular. Podría existir cierta tecnología, altamente peligrosa, que cada civilización suficientemente avanzada que la descubre termina destruida (esperemos que éste no sea el caso). También puede darse el caso de que entre todas las civilizaciones suficientemente avanzadas casi ningunas este interesada en las simulaciones de mentes. Pero ambas premisas, de ser ciertas, constituirían un constreñimiento en la evolución futura de la vida inteligente.

La tercera posibilidad es la más intrigante, filosóficamente hablando. Si (3) es correcta, es casi seguro que estás viviendo en una simulación de ordenador que fue creada por una civilización avanzada. ¿Qué clase de implicaciones prácticas tendría esto? ¿Cómo cambiaria la forma en que vivimos la vida?

En realidad, no la cambia demasiado. No es necesario volverse loco ni nada por el estilo. Aunque existiésemos sólo en un simulador, la mejor manera de predecir qué sucedería después en nuestra simulación es utilizar los métodos ordinarios: extrapolación de las últimas tendencias, método científico, sentido común, etcétera. Es decir, seguir tu vida más o menos de la misma forma que hasta hoy.

La hipótesis de la simulación, sin embargo, puede tener algunos efectos sutiles en el comportamiento diario. Si crees que el simulador ha sido creado por un fundamentalista religioso, por ejemplo, puedes conjeturar que él (o ella) ha programado el software de manera tal que los seres sean recompensados o castigados según criterios morales cristianos. La vida después de la muerte, por supuesto, sería una posibilidad verdadera para una criatura simulada, ya que fácilmente podría ser “transferido” a otro simulador después de su muerte.

Posiblemente, si el creador del simulador no quisiese que lo descubriésemos, nunca lo haríamos. Pero si eligiese revelarse, podrían hacerlo de formas espectaculares. ¿Te imaginas algo más impresionante que una “pantalla azul de la muerte” desplegándose delante (o arriba) de tus ojos, informándote que el software de tu universo se reiniciará en pocos segundos?

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