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En Kamasutra, el canal porno de Medellín, trabajan una mujer que además de actriz es madre, una estudiante de psicología que aunque no tenga novio ni sexo conduce un programa de consejos de pareja y un “gurú” que salió volando de su trabajo en una aerolínea para conquistar su sueño de ver seis horas al día  penetraciones, sexo oral y otros fetiches.
Este canal se incrusta en un negocio que, según el ensayo La ceremonia del porno, publicado recientemente por la editorial Anagrama, deja cada año sólo en Estados Unidos 25 veces más títulos que la producción del cine “tradicional” hollywoodense.

Una de las protagonistas de este negocio en Colombia es Paula García, quien en 2005 debutó como actriz porno, apenas cumplidos los 18 años. En televisión, Paula García parece una tigresa: labios húmedos, lengua juguetona y una mirada picante que corona un rostro que normalmente mira de perfil.

Pero cuando Paula entra en el estudio de Kamasutra, con la pañalera al hombro, no hay duda de que lo que predomina es su cara de mamá —adolescente, por cierto—. Hace algo más de dos años, una amiga la invitó a participar en una película. “Eso fue el peor error de mi vida”. Le dijeron que ganaría 600.000 pesos, pero sólo le dieron la mitad. Para el momento de la grabación tenía novio. “Se llamaba... —duda, piensa, intenta recordar— Carlos… pobrecito”.

La película fue “pirateada” y varias personas de su barrio la vieron en su papel de amante. “Los niños de la zona me miran y me comen y me empelotan con la mirada. Es muy incómodo”.

A pesar de que la considera un gran error, aquella primera experiencia no fue una irrupción en su vida. Desde los diez años veía cine porno, su primer beso fue con una mujer y su primera experiencia sexual también. Ahora es bisexual. “Soy muy caliente y acá en Kamasutra lo puedo expresar”. Aunque luego aclara: “Fuera del canal soy otra persona, una mamá”.

Desde su llegada, Paula se ha probado en varios papeles que no incluyen penetraciones. Crónicas, un intento de reality y hasta programas educativos o de cocina nutren cada día la pantalla.

Después de que su segunda niña nació, Paula volvió a actuar de nuevo en un largometraje de sexo explícito. No fue fácil convencerla después de su primera experiencia, pero en Kamasutra encuentra una especie de refugio debido a su difusión por suscripción. Cuando camina por la calle pocas personas la reconocen. Paradójicamente, ella está convencida de que ser una estrella del canal le permite revestirse de cierta especie de anonimato. “Yo no me quiero boletear otra vez”, afirma.

Por la última película le pagaron 700.000 pesos, un exceso comparado con el dinero que recibe por los programas. Tuvo una escena sobre una mesa de billar con una compañera con la que está acostumbrada a trabajar en el programa Noches calientes, donde ambas complacen los deseos de una voz al otro lado de la línea telefónica. La alcanzó a disfrutar, pero en otra escena tuvo que soportar a un hombre que no le cae nada bien. Una cosa es cuando tu compañero de oficina revuelve tu escritorio y otra muy distinta cuando estás obligada a practicarle sexo oral a quien te cae mal. “Incluso, me da asco”, dice Paula.

Aunque necesita del dinero que gana como actriz, como la mayoría de quienes trabajan para el canal, le es indiferente si el programa es de cocina o un talk show. Trabaja allí porque le gusta estar delante de una cámara. Otros, prefieren estar detrás de ellas. Todos, sin excepción, cerca del negocio de la televisión.

NO SÓLO POR DINERO

Y aunque la necesidad es una de las más grandes razones para entrar en la industria del porno colombiano, ésta no es la única. Muchos lo hacen por gusto. Cada 20 minutos o menos, Natalia Zuleta tiene que hacer un alto en sus labores de producción. Luego contesta el teléfono. La respuesta, invariablemente, es “mande una hoja de vida a nuestro correo con una foto”.

“Tienen que ser agradables”, explica quien hasta hace poco fue una de las productoras del canal. Al día se pueden recibir más de 20 llamadas que buscan una oportunidad en el mundo porno. Se está en casting constantemente, pero son pocos quienes dan la talla. Las actrices tienen que ser convincentes; los actores, “bien dotados”. Y cuando todo esto y más requisitos se cumplen, pocas veces se vence el síndrome de la impotencia a la hora de grabar.

Después de un día de trabajo, confiesa Zuleta, ya no le provoca.  “Yo era tan seria, tan pasiva. Uno aprende a ser más activa”, dice. Del resto de la planta de producción, todos hombres, no se puede decir que renuncien a una noche de sexo después de estar todo el día frente al vaivén de las pelvis. “Aquí todos son muy arrechos”, explica Zuleta.

En el caso de Alejandro Jaramillo, más conocido como “El gurú del porno” —una de las estrellas del canal, experto en cine porno aunque no sepa qué es una cinta de 35 mm—, un año después de ver seis horas al día de porno ya no sentía excitación. Lamenta que las “viejitas” de su barrio le restrieguen en la cara a su mamá que su hijo es un morboso.

Pero no sólo es morboso, sino que cuando habla de su condición pone una sonrisa pícara que demuestra lo orgulloso que se siente de serlo. A tal punto que, como en la mitad de un orgasmo, cuenta que es el fundador del “Club de la masturbación”, un lugar en el que se reúne un grupo de personas a ver videos y a jugar con ellos mismos. En su videotienda, donde guarda una colección de cerca de 200 cintas, mira el porno como quien ve una revista de farándula. Le inquietaba saber qué estaba haciendo quién y con cuál director. “Ya no me excita ver porno”, confiesa “El gurú del porno”.

“TODO SIRVE”

Del mismo síntoma sufren quienes editan los videos.  Sin la más mínima muestra de sobresalto, en los cuartos de Kamasutra un televisor emite gemidos e imágenes porno constantemente. Es como el sonido de una cafetera en un call center: pasa completamente desapercibido. Pero si alguien encarna la esencia de Kamasutra, es Cristian Cipriani. “Yo diría que Kamasutra es porno divertido”, dice. Que su programa no está completo y le faltan minutos de grabación para terminarlo, entonces graba su dedo pulsando una tecla del computador porque, según él mismo, “todo sirve”. Que lo que se ve hoy en día en la televisión son los realitys, entonces Cipriani se inventa uno más parecido a un concurso en el que parejas reales tengan que cumplir retos para ganar dinero; que cuál será el nombre del programa, pues Los pichones, y Cipriani construye un cabezote en el que dulces pajaritos emplumados son los protagonistas, ajenos al contenido del programa.

No ha pasado por las facultades de comunicación social de Medellín, es el novio de la directora del canal y, quizás por ello, es el protagonista de un programa de crónicas sexuales llamado El semental. Mientras edita su programa, bebe una taza de café en un cuarto rosa con lienzos de desnudos regados por el piso.

Y mientras afuera la gente camina desprevenida por las calles de un barrio residencial en Medellín, nada, sólo una moto plus color rosa perlado, podría dar a entender que en ese apartamento, hombres y mujeres tienen sexo frente a las cámaras. Adentro, en la cotidianidad del primer y único canal porno de Colombia, pocas cosas parecen evidenciarlo.